Visitando Tailandia por segunda vez
Hay lugares que conoces una vez y marcas como “visitados”. Y hay otros que, aunque
regreses, siempre encuentran una forma de sorprenderte.
Para mí, Tailandia es uno de esos lugares. Esta fue mi segunda vez recorriendo el país, pero la experiencia fue completamente distinta. Fueron 16 días viajando con un grupo de mujeres increíbles gracias a Alinea, la nueva agencia de una amiga, con una idea muy bonita: descubrir un país fascinante y demostrar que viajar entre mujeres puede ser una experiencia segura, divertida y transformadora.
Nuestra aventura comenzó en Bangkok, una ciudad que nunca baja el ritmo. Entre los mercados locales, el china town, los templos dorados, el Gran Palacio, Wat Pho y los
recorridos por el río Chao Phraya, entendí otra vez por qué esta ciudad atrapa a
cualquiera. Pero si algo me enamora de Bangkok es su comida.
La primera noche terminamos en Chinatown rodeadas de puestos de street food, y por fin pude cumplir uno de mis pendientes gastronómicos: comer en Jay Fai. Como chef, verla cocinar fue tan emocionante como probar sus platillos.
Después volamos a Chiang Mai y el viaje cambió por completo de ritmo. Dejamos atrás el ruido de la ciudad para despertar rodeadas de naturaleza en Chai Lai Orchid. Convivimos con elefantes, aprendimos sobre el trabajo del santuario y tomamos una clase de cocina tailandesa donde cocinamos con ingredientes frescos. Fue uno de esos días que recuerdas más por lo que sentiste que por las fotos que tomaste.
En Chiang Rai descubrí una faceta mucho más tranquila del país. Visitamos el Templo Blanco y el Templo Azul, recorrimos mercados locales, vimos cómo cocinan huevos en aguas termales y probé uno de mis platillos favoritos del viaje: el Khao Soi. También me encantó ponerme ropa tradicional y recorrer las calles sin prisa, descubriendo pequeñas cafeterías y tiendas de artesanías.
Phuket fue el contraste perfecto. Madrugar para llegar a Similan, navegar
entre las islas Phi Phi y ver Maya Bay con ese color de agua imposible de describir hizo
que entendiera por qué tantas personas sueñan con conocer este lugar. Sí, las playas
son tan espectaculares como parecen en las fotos, pero lo que más disfruté fue cómo
cada paisaje se mezclaba con la gastronomía y la cultura local.
Ya de regreso en Bangkok, recorrimos Chatuchak, mi mercado favorito. Podría pasar horas caminando entre puestos de comida, especias, utensilios, textiles y pequeños descubrimientos. Después visitamos Ayutthaya, donde las ruinas y los templos cuentan una parte muy importante de la historia de Tailandia y le dieron un cierre perfecto al viaje.
Si tuvieraque resumir este viaje en una sola palabra sería: sabores. Sabores en la comida, en los mercados, en las personas y en cada ciudad. La cocina tailandesa me sigue pareciendo una de las más emocionantes del mundo porque logra equilibrar lo dulce, lo ácido, lo salado y lo picante como pocas. Hay puestos callejeros extraordinarios, restaurantes inolvidables y mercados donde siempre encuentras algo nuevo que probar.
También me llevo la calidez de su gente. Siempre fueron amables, respetuosos y dispuestos a ayudar. Y, por supuesto, los masajes, los pequeños cafés escondidos y esa sensación de que siempre hay algo más por descubrir. ¿Lo único que cambiaría? El calor. Hay días en los que la humedad no te deja en paz, pero incluso eso pasa a segundo plano cuando estás viviendo un viaje así. Volvería a
Tailandia una tercera vez sin pensarlo.
No solo por sus playas o por sus templos, sino porque es un país que invita a mirar con
curiosidad, a comer sin miedo y a dejarse sorprender una y otra vez.
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